lunes, 20 de septiembre de 2010

undomingourgente



Ni desayuno al sol, ni tumbona en el jardín, ni lectura empedernida. Este findesemana le ha tocado cambiar inevitablemente de escenario y se ha tenido que aguantar, que hay cosas que no atienden a razones, al menos no a las suyas.
Un domingo por la mañana en urgencias está muy alejado de lo que le hubiera gustado para estos días medio lluviosos, pero mientras espera sentada las buenas noticias en una sala de espera con olor a rancio, no lo piensa, directamente, no piensa.

Los hospitales tienen la capacidad de despojarte de tu energía cuando entras y de olvidarse de devolvértela a la salida.

La señora que está sentada a su lado parece que lleva un buen rato esperando, teniendo en cuenta que en estos micromundos cuando entras se detiene el tiempo, podríamos traducirlo en una eternidad. Busca la mirada cómplice del resto de los asistentes a esta reunión matutina para poder contar lo que le ha pasado a su mejor amiga, recordar que no somos nadie y hablar de que al final ha salido el sol a pesar de que anunciaban lluvias, luego vuelve a suspirar y repite ese ay señor que le sirve de desahogo y de quitapenas, cada uno, a lo suyo.
Al otro lado, una chica que parece no parar de hacerse preguntas pero que no abre la boca, mira fijamente al suelo. En una bolsa lleva la ropa de alguien a quien todavía tienen retenido en el interior de algún box, no quiere mirarla, pero no puede evitarlo, piensa que hay cosas que no deberían pasarnos hasta que no cumpliéramos los 30 y poder vivir en la inopia, al menos, hasta entonces.


Las escenas rocambolescas se suceden ante sus ojos y parece que se aleja, se encierra. Compra el periódico y  mientras espera lee desgracias que suenan ajenas y que le hacen percibir más intenso su alrededor. Se pregunta cuanto dolor somos capaces de soportar y sin darse cuenta llora mientras coloca la compra en la nevera, se acabó el domingo de realidades a golpes, ahora sólo quiere soñar que todo saldrá bien mañana.

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